A Número Cuarenta y Dos lo fabricaron con las partes sobrantes de sus otros cuarenta y un hermanos. Partes usadas, con defectos, algunas que no embonan bien con las otras. No importó. De todas formas estaba destinado a cuidar un asteroide donde todo el tiempo llovía y que está muy cerca del final del universo.
Aprendió los principios de la electricidad, un poco de mecánica cuántica, telecomunicaciones, viajes interestelares. Aprendió a saber la hora del día con sólo mirar la posición de las estrellas. Estudió física nuclear, los principios de la siembra hidropónica, aprendió a cocinar y un poco de escritura creativa.
-Esta será la última ocasión que veas a otra persona- le dijeron antes de subirlo a la nave que lo llevaría a su destino-. Estas hecho para durar un millón de años. Los hombres no vivimos tanto. Que Dios te cuide en tu camino.
En su viaje aprendió un poco de religión, un poco de biología, un poco de rocas y minerales. Escribió un libro que no tenía ningún sentido y lo guardó debajo de su cama. Se miró las manos y decidió aprender un poco de quiromancia y lectura del tarot. Aprendió el I-ching y a leer las runas. Con lo que aprendió quiso escribir su destino para el próximo millón de años pero lo entristeció saber que su vida sería aburrida, húmeda y solitaria.
Sólo algo llamó su atención. Sólo una cosa hizo que su corazón brincara: la presencia de una mujer que, viniendo de quién sabe dónde, pilotando una nave descompuesta, perdida entre las galaxias, se estrellaría con el asteroide que Número Cuarenta y Dos debía cuidar.
¿Quién es ella? Ni las runas ni las cartas ni la base del café turco se lo pudieron decir. Ni la ciencia ni las estrellas ni miles de experimentos le dieron la respuesta.
Número Cuarenta y Dos aprendió de naves espaciales. Aprendió a repararlas, a pilotarlas, a reconocer los defectos con sólo escuchar. El camino al final del universo era largo, igual que su vida, así que aún había mucho tiempo para dedicar al estudio.
Luego quiso aprender de las mujeres. Quiso estar listo para el día que la viajera se estrellara en el asteroide y él tuviera que dirigirse a ella. ¿Cuáles serían sus primeras palabras? ¿De qué forma debía comportarse? ¿Qué querría comer? ¿Qué música le gustaría escuchar?
Aprendió a tocar la guitarra, a tocar la batería, a hacer grabaciones electrónicas. Aprendió todos los instrumentos de todas las épocas, escuchó toda la música de todos los tiempos.
Pero no supo dónde debía aprender acerca de las mujeres. Tal vez los libros de literatura le dieran alguna idea pero encontró que todos hablaban de ellas en formas contradictorias. “Personas complicadas” se dijo Número Cuarenta y Dos. Al final supo que no podía aprender nada con certeza acerca de ellas.
Número Cuarenta y Dos vive en un asteroide en el que llueve todo el tiempo. Desde el planeta tierra no se puede ver, ni aún utilizando los lentes más poderosos. Pero eso no importa en esta historia.
Si crees lo que he dicho te puedo asegurar que en este momento, sentado a la orilla de ese asteroide en el final del universo, un robot fabricado con las partes de sus otros cuarenta y un hermanos, con partes defectuosas y que no embonan bien, está escribiendo una carta para una mujer que tal vez aún no ha nacido. Le escribe cartas de todo tipo. La sueña una y otra vez. Imagina cómo será su vida cuando ella llegue. Imagina el sonido de su voz, el color de su cabello, la tesitura de su voz. Imagina qué le gustará comer, qué le gustará beber. Y al final mete todas esas cartas en un cofre de metal que guarda debajo de su cama. Algún día, está seguro, podrá entregárselas y le dirá; “Las hice para ti, porque sabía que alguna vez llegarías”.




